Cada noche sentía que había alguien en mi casa, así que instalé una cámara en mi habitación; cuando vi las grabaciones por la mañana, me quedé horrorizada.

Como alguien que vive solo, estaba acostumbrado al silencio de mi casa, pero en las últimas semanas esa calma fue reemplazada por una sensación inquietante. Cada noche, justo en las horas más profundas del sueño, empecé a sentir que alguien se movía dentro del hogar. El crujir del suelo, el leve abrir y cerrar de los armarios y los sonidos apagados de una sombra chocando con los muebles resonaban en la oscuridad. Paralizado por el miedo, me quedaba inmóvil en la cama, conteniendo incluso la respiración, convencido de que un extraño invisible conocía cada rincón de mi casa.

Por las mañanas, lo que encontraba era aún más perturbador. El teléfono que había dejado sobre la mesa aparecía en la cama; la ropa del armario estaba esparcida por el centro de la habitación. Al principio intenté achacarlo al cansancio o a la distracción, pero el desorden creciente cada día hacía imposible seguir negándolo. Era como si, mientras dormía, alguien rebuscara en mis cosas, revolviendo cajones y armarios.

Para poner fin a aquella incertidumbre aterradora, instalé una cámara oculta con visión nocturna en mi habitación. Mi objetivo era atrapar al intruso in fraganti. Aquella noche, como siempre, me desperté sobresaltado por ruidos extraños, pero no me atreví a abrir los ojos. Al amanecer, con el corazón desbocado, me senté frente al ordenador y reproduje la grabación. Lo que vi me heló la sangre, porque el visitante nocturno no era quien yo esperaba.

En las imágenes, a medianoche, me veía incorporarme lentamente de la cama, levantarme con la mirada perdida. La cámara registró cada movimiento: yo mismo arrojando mis pertenencias al suelo, hurgando en los armarios y deambulando sin sentido por la habitación. Tomaba el teléfono, lo observaba durante minutos, lo dejaba en otro lugar y luego regresaba a la cama, continuando el sueño como si nada hubiera pasado.

En ese instante comprendí que el desconocido que me había aterrorizado durante semanas no era otro que yo mismo. No había nadie más en la casa; todo era el resultado de un grave episodio de sonambulismo. Los pasos que escuchaba y los objetos fuera de lugar eran una trampa de mi propia mente. Me enfrenté a mi mayor miedo: el peligro no estaba afuera, sino dentro de mí, y supe que tendría que iniciar un largo proceso de tratamiento para afrontarlo.

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